Una Buena II: Testimonios
“Aprendí a coser para comprar los apuntes”
06/11/10
Nunca se me ocurrió flaquear porque sería tirar a la basura el esfuerzo de mucha gente. Quiero mostrarles que valió la pena”, dice Lucía, de 23 años. Y no lo dice con falsa humildad ni como una frase hecha que busca quedar bien parada: “Cuando no tenía beca, un profesor me compraba los apuntes. Yo me moría de vergüenza... otros, cuando veían que yo iba a clase sin los materiales me prestaban sus libros para que pudiera copiarlos a mano y estudiar de ahí”, recuerda. Sabe gracias a quién pudo amamantar a su bebé en los recreos y cuenta cómo su papá –que no había terminado el secundario– decidió que esa chica que había llegado lejos en las Olimpíadas Nacionales de Filosofía tenía que seguir estudiando.
Pero claro, cuando enumera los esfuerzos ajenos, se olvida del propio: de las tres horas de viaje diarias en colectivo y en el tren Sarmiento desde Merlo hasta Puán, de que trabajó hasta una semana antes de tener al bebé, de las changas para poder seguir.
“Después de que nació mi hijo, empecé a vender comida y mi mamá me enseñó a coser. Aprendí a hacer vestidos, manteles, cortinas, tejidos y con eso me pagaba los apuntes. Ahora empecé a hacer desgrabaciones de clases para juntar un poco más de plata”, dice Lucía, que ayer fue premiada junto a otros dos alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras.
“Yo no lo veo como un gran esfuerzo”, dice. “Y tampoco veo mi promedio como algo excepcional”, insiste. Pero el promedio –le faltan nueve materias para graduarse– objetivamente lo es: 9,42.
“Se que muchos miran a los estudiantes de filosofía como vagos, como que nos damos un lujo. Pero yo lo veo como una necesidad: pensar es la única manera de cambiar las cosas”.
“Mi enorme problema es la portación barrio”
“A los 19 años empecé a trabajar en la construcción, pero algo me estallaba por dentro. Yo sabía que tenía la capacidad para estudiar pero veía a la universidad como un Dios: lejano, utópico, ridículo. Pensá que ni mi mamá ni mi papá ni mis nueve hermanos terminaron la primaria. ¿Cómo no lo iba a ver lejano?”, pregunta Juan Carlos, desde Villa Fiorito.
Mientras cursó el CBC cumplió con el mandato familiar y trabajó de albañil. “Pero en 2007 hice un mal esfuerzo y se me dislocaron los huesos de la columna y, como trabajaba en negro, me dijeron: ‘no podés laburar más, no venís más”. Juan Carlos, que había hecho cursos intensivos de verano y de invierno en la UBA y que se “quedaba solo estudiando en un aula hasta la medianoche porque en la villa cortaban la luz”, iba a tener que abandonar. “Encima mi familia no ayudaba, al contrario. Para ellos, ‘hacer algo’ es levantar una medianera; piensan que estudio porque no quiero trabajar. Me decían ‘aprendé un oficio, que así se gana la vida. Las ecuaciones no dan de comer”. Hasta que le otorgaron la beca Sarmiento.
Juan Carlos ya tiene 24 años y desde hace 7 vive solo en la pieza de material que alquila en Fiorito. Y aunque a veces volver de la facultad parece imposible –”los colectivos no entran de noche” – le faltan 18 materias para recibirse de contador en la Facultad de Ciencias Económicas. Su 6,33 de promedio, en este contexto, también es brillante.
Ahora su enorme problema es la “portación de barrio”: “Cada vez que me toman una entrevista de trabajo y digo que vivo acá me contestan lo mismo: ‘Cualquier cosa te llamamos”.
“A pesar de todas las vallas, nunca pensé en abandonar mi carrera”
06/11/10
Trabajar o no, en el caso de Noelia Miguens, no parecía una opción posible. “Mi papá murió cuando tenía 7 años. Y este año, después de haber pasado un mes y medio internada por una enfermedad respiratoria, murió mi mamá”, empieza. Noelia (26) pasaba las noches cuidándola y los días rindiendo finales de Farmacia y Bioquímica.
Ella, su hermana gemela –que tiene un trastorno de la alimentación– y su hermano mayor –que tiene dificultades en la vista producto de una toxoplasmosis–, tuvieron que rearmar la familia sin su principal columna emocional y económica.
El kiosco/almacén que tenía con su hermana en Castelar pasó de ser solo un ‘kiosquito’ a ser parte del sostén del hogar. “Estaba venido abajo y lo levantamos. Cuando salgo de la facultad me voy corriendo a atenderlo”, cuenta. Por su situación de vulnerabilidad social, Noelia –que ya había hecho changuitas para poder bancarse los estudios, como promociones o atención en una pileta de natación–, accedió a una Beca Sarmiento por medio del Programa “Graduados por Más Graduados”, en el que los egresados de la UBA colaboran económicamente para que otros estudiantes también puedan continuar sus estudios.
A pesar de todo, “nunca pensé en dejar mi carrera, jamás. No quiero quedarme solo con un negocio, quiero dedicarme a la investigación”, imagina.
Para eso no falta tanto: si la carrera sigue por estos rieles se graduará en diciembre de 2011. Su promedio no parece el de alguien que debió saltar tantas vallas: 7,69.
Fuente:
Clarín.com
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