Toma de escuelas: los adultos, en retirada
Los principales perjudicados por las tomas de las escuelas son los propios chicos. Porque se quedan sin clases, sin un orden social que puedan aprender y sin sentir que cuentan con adultos que los están cuidando y que no los dejarán solos hasta que estén en condiciones de volar.
Más del 65% de los jóvenes dejan su primer empleo antes de cumplir el año, fundamentalmente por la dificultad que tienen para adaptarse al ordenamiento de las organizaciones : problemas con la norma, la autoridad, la asimetría, el compromiso.
En un estudio del CEPP, un ejecutivo de recursos humanos decía: “Los buenos son mucho mejores que hace 20 años. Son creativos, flexibles, rápidos, pero la mayoría tiene problemas para asimilar un orden, un modo de organización que no es el que ellos eligieron”. Y ante esa situación, se muestran resignados, confundidos.
La confusión es ante un mundo adulto que “les cambió los papeles” , que no se animó a socializarlos en un orden compatible con el que tienen que vivir: “nunca me dijeron que esto era así”.
¿Cómo llegamos a esto? ¿Cuándo les dijimos que las normas se podían negociar y que el orden social podía adaptarse a sus estilos particulares, visiones, ideas?
Podríamos plantear un hito con la creación de la metodología de adaptación al jardín de Infantes, en la década del 60, según la cual las clases no comienzan un día, sino que se inicia un proceso de negociación entre los chicos, los docentes y la familia. Un día media hora, otro una hora … Este dispositivo no existe en prácticamente ningún otro país del mundo. En los demás países, las clases empiezan un día, a una hora, para todos, y empiezan … ¿Cómo llegamos al hecho que en nuestras escuelas secundarias después de la falta 24, viene la 24 bis, la 2 bis, pero nunca llega la 25? ¿O que nunca se llega al tope de amonestaciones por más transgresiones que se hayan cometido?
Sin duda, este tipo de situaciones han transmitido la idea de un orden social en el que el cumplir o no la norma no es necesariamente distinto y que las transgresiones deben ser relativizadas por las situaciones individuales, los contextos, las representaciones de los actores, antes de ser juzgadas.
Nada está definitivamente mal, ni bien, nada está claramente sancionado o premiado.
Así está ocurriendo con las tomas de las escuelas : un grupo de chicos controla la puerta, algunas autoridades y docentes los entienden y avalan, otros sienten “las manos atadas” para tomar una decisión, algunos padres los apoyan, otros se abstienen de actuar. Ellos hablan con los medios, manifiestan sus posiciones, en un proceso que finalmente se desgasta, sin merecer sanciones ni reconocimientos.
Poca pasión, poco heroísmo, es difícil pelearse contra unos adultos que no te contradicen.
Cuando culmina, padres y docentes sienten que “algo no está funcionando bien”, los medios de comunicación los critican y los llamados a las radios muestran un mundo adulto que hace una exaltación de un supuesto “pasado glorioso” en el que estas cosas no pasaban, como si hubiera sido el ideal. Pero más allá de las percepciones, los chicos perdieron horas de clase, aprendizajes de conocimientos y valores . La mitad de ellos ni siquiera podrá terminar la escuela secundaria, y muchos terminarán consternados cuando dejen su primer empleo porque sorpresivamente el mundo adulto “les cambió las reglas del juego”.
¿Es un pecado que tomen las escuelas?
No sería grave si pudiéramos escucharlos sin dejar de transmitirles que ese no es el camino, que no vamos a “tirarles la responsabilidad encima” de su educación, vamos a decidir nosotros . Y gradualmente los iremos preparando para que decidan ellos, con autonomía.
Los chicos de las escuelas tomadas son “víctimas” de una sociedad adulta que les exige escalar las transgresiones para encontrar una reacción . ¿Si ya asimilamos la toma como normal, qué tendrían que hacer para que los paremos y les devolvamos la idea de un orden? Mientras tanto, están perdiendo saberes, competencias que les permitan construirse como personas, incorporarse al mercado de trabajo, ser ciudadanos activos.
“No son rebeldes, están más caídos, más solos, cuesta mucho entusiasmarlos”, me decía una preceptora hace unas semanas. “Cuando encuentran un profesor interesante, con ganas de enseñarles, se enganchan, no se le despegan”, decía otro. Te piden que “no los traiciones”, dijo una tercera.
Los principales perjudicados por las tomas son los propios chicos.
Porque se quedan sin clases, sin un orden social que puedan aprender, sin la percepción de una “gesta” y fundamentalmente, sin sentir que cuentan con unos adultos que los están cuidando y que no los dejarán solos hasta que estén en condiciones de volar.
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