La Batalla por evaluar mejor a los docentes
Me gusta la estructura de su autobiografía, está muy bien escrita”, dice el editor al autor; “lo que es poco interesante es su vida”. Esta broma cáustica sirve para “entrar” a la discusión de las juntas de calificación que se está dando en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires: la diferencia entre las reglas para escribir una historia y el contenido de la misma, entre las formas y el fondo.
¿Son importantes las formas? Si, claro, algunas más que otras.
No es menor la discusión respecto de si los docentes deben ser elegidos por pares a través de las organizaciones sindicales o por el Estado.
Pareciera razonable pensar que este último debe ser responsable de ese proceso, más allá de que resulta interesante la participación de los maestros.
La centralidad del Estado en la evaluación y selección de los docentes fortalece la condición pública de la escuela.
Sería un error pensar que se puede sacrificar una herramienta estratégica de la política educativa, como es la selección y organización del trabajo de los profesionales de la educación.
Pero lo central de este debate son los aspectos que no se están considerando: los criterios que permiten definir a un buen docente y el modo de traducirlos en una evaluación . De hecho, palabras como enseñar, calidad educativa, aprendizaje o equidad, prácticamente no se han usado en ninguno de los proyectos, ni aparecen en el debate.
Por encima de la discusión de poder, hay que buscar los modos de evaluar las capacidades docentes , de definir el perfil de los educadores que queremos para nuestro sistema educativo. ¿Priorizamos los saberes académicos? ¿Nos importa más la capacidad de gestionar las actividades en el aula? ¿Valoramos sus capacidades para innovar? ¿Para contener a los alumnos? ¿Cómo se evalúan estas cuestiones? En la actualidad, la evaluación es formal: títulos, cursos con puntajes poco razonables, una evaluación de los directores en la que más del 90% de los docentes reciben la máxima puntuación. De hecho, hablamos de juntas de calificación, porque las mismas no evalúan: asignan los puntajes que se le ha dado a cada “papel”.
No discutir los valores y contenidos con los que deben evaluarse los docentes no ayuda a mejorar la calidad del sistema, pero tampoco ayuda a prestigiar la profesión.
Un procedimiento de evaluación transparente, significativo, relevante, permitiría valorizar a los docentes delante de la sociedad . Algo de eso ocurrió en el caso chileno.
Al mismo tiempo, una buena evaluación, hecha con criterios interesantes, es un buen incentivo a los docentes para mejorar; es una pauta que orienta respecto de lo que la sociedad demanda de un buen maestro, en particular para los más jóvenes, que aún deben diseñar su carrera.
Es bueno discutir el modo de evaluar a los docentes, de revisar el modo histórico de hacerlo. Es bueno mejorar la transparencia de los procesos y el carácter público de los mismos, el procedimiento en algunos casos es contenido. Pero tengamos claro que terminado éste, nos resta el debate sustantivo, el que fije los parámetros para evaluar a los buenos docentes, el que les devuelva el prestigio que supieron tener y que necesitamos que recuperen para una escuela pública de calidad.
Fuente: Clarín.com
Artículo de Gustavo Iaies
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