Aprender de memoria, un recurso en vías de extinción
El resultado no cambió, 2 más 2 sigue siendo 4, y 120 por 3, 360. Pero los caminos para llegar a destino son otros. Ahora el foco ya no está puesto en memorizar resultados, sino en enseñar “el sentido” de cada operación. Y los alumnos que saben las tablas de multiplicar, algo que en otras épocas era obligatorio, son la excepción. La realidad es que muchos padres ven hoy el cuaderno de sus hijos y no comprenden el nuevo sistema.
Desde siempre, las matemáticas fueron vitales para aprender a razonar. Y la dificultad para sortear una cuenta llevaba al inevitable “y esto, ¿para qué me sirve?”. En aquellos tiempos, según la filósofa especialista en didáctica Alicia Camilloni, “muchos de los contenidos enseñados no fueron seleccionados por su utilidad práctica y hubo un fuerte acento puesto en la memorización mecánica”. Se hacía un adiestramiento de la memoria, para que fuera útil al momento de resolver un cálculo específico.
Ahora las matemáticas son vistas como un proceso de pensamiento, en el que el saber se va construyendo. En ese marco “la memoria ya no se utiliza como un recurso mecánico, sino como un instrumento aplicable a situaciones cotidianas”, explica la psicopedagoga Jesica Torresi. Los cálculos se enseñan como un juego colectivo, en el que todos pueden participar, más que como una imposición de lo que se debe saber. Es decir, el algoritmo está al final del camino, el signo de multiplicación es una consecuencia del trabajo en el aula, no un punto de partida.
La maestra plantea el problema y los estudiantes proponen soluciones a viva voz, aunque se equivoquen. “No se aprende sin cometer errores, sino corrigiéndolos”, valora Camilioni. De este modo, la memoria se usa sólo cuando es indispensable, como lo es recordar “las posiciones de los números”. Pedro Villella, autor de varios libros sobre didáctica matemática, explica que “así se establece que, por ejemplo, el 21, 22 y 23, tienen en común el 2 y que pertenecen a la familia de los dieces y no a la de los cienes, términos que desplazaron a las perimidas decenas y centenas, cuya descomposición ya casi no se enseña. “Se utiliza la memoria como un elemento de ubicación, como las letras del abecedario”, acota Villella.
En ese marco, las tablas de multiplicar se enseñan, pero no se recitan. Igualmente, su utilización en las aulas es aleatoria. “Depende del docente, aquellos más veteranos las seguimos usando”, remarca Marisa Roteño, que lleva 23 años enseñando matemática. La subleva que muchos alumnos secundarios no sepan las tablas, aún las más básicas como la del 2 o la del 3, y liga la carencia de ejercitación de la memoria con la falta de retención de conocimientos que nota en sus alumnos. “Les doy ejercicios combinados y no saben qué deben resolver primero, cómo organizar el procedimiento”, cuenta. Para ella la memoria “es como un hábito que si no se practica, no sirve”.
Camilloni defiende el nuevo paradigma al observar que la memoria “no es un músculo que se desarrolla sólo con el ejercicio” y necesita de la comprensión de por qué y para qué se lo hace, para que resulte útil. “Cuando uno almacena en forma mecánica, como cuando se repite una tabla, sólo se puede evocar a la memoria en una situación similar”, advierte.
La meta del sistema actual es que los alumnos aprendan a argumentar y justificar matemáticamente sus conclusiones. El cambio de concepción es muy grande y desestabiliza tanto a docentes como a padres. Le pasó a Silvia, mamá de Rocío: “En la reunión de principio de año la maestra, de 22 años, nos indicó que había diferentes formas de resolver los problemas y que cada chico lo iba a hacer como pudiera. Una madre, desconcertada, le preguntó si los resultados podían ser diferentes y ¡la chica dudó!”. Villella admite que, a la vista de los padres, el método puede ser visto como una pérdida de tiempo, pero defiende su “oralidad” y eficacia. “Cuando el proceso es coherente y no hay saltos en el medio, los resultados son satisfactorios”.
Ocurre que los saltos son varios y algunos provienen de los propios docentes. La aplicación del sistema no es uniforme y los desniveles no sólo se notan entre las escuelas públicas y las privadas, sino también hacia el interior de los colegios estatales. “Lleva tiempo conformar un equipo y algunas escuelas todavía siguen con el viejo método de la resolución de múltiples problemas y la utilización del algoritmo”, asegura Jesica.
En el pase de la primaria a la secundaria también hay huecos. Sonia es maestra de matemática en el nivel medio y cada año debe trabajar en forma individual con 5 o 6 de sus alumnos para nivelarlos con el resto y no bajar la exigencia de todos. Y afirma: “En la secundaria todavía se enseña con el método anterior y cuando llegan, a los chicos hay que cambiarles un chip por otro”.
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Desarrollan un método para recordar mejor las clases
Científicos del Conicet demostraron que al asociar un aprendizaje a un hecho novedoso mejora la memoria sobre lo que se aprende en una clase. Fabricio Ballarini y Haydée Viola, que trabajan en el laboratorio de Memoria del Instituto de Biología Celular y Neurociencias “Prof. De Robertis”, y publicaron su investigación en la revista científica PLOS One, llegaron a la siguiente conclusión: un simple cuento o relato puede ser mejor recordado en todos sus detalles por alumnos de primaria si se lo asocia a un acontecimiento no habitual, como por ejemplo una clase de ciencias.
El mecanismo se denomina “etiquetado conductual”. Realizaron cuestionarios a 1.600 estudiantes de segundo a cuarto grado de ocho escuelas primarias de la provincia de Buenos Aires y se dieron cuenta de “que la memoria de largo término puede ser mejorada mediante la experiencia de una clase novedosa de unos 15 minutos de duración, brindada una hora antes o una hora después del aprendizaje”.
Para la actividad, se leyeron a los alumnos dos cuentos de Ema Wolf: Gervasio el hombre bala y Dientes. Una hora después, se dictó una clase de ciencia para algunos de los chicos que escucharon el relato. Al otro día se les tomó un examen sobre lo leído. Los alumnos que presenciaron el ‘evento novedoso’ memorizaron mucho mejor el relato que quienes no lo presenciaron”, comentó Ballarini en el sitio de divulgación del Conicet.
El objetivo era analizar si en los humanos se pueden formar memorias duraderas mediante un mecanismo similar al recientemente demostrado en ratones. Los resultados arrojaron que el 60% de los estudiantes que participaron de la clase de ciencia respondieron correctamente las preguntas de mayor grado de dificultad sobre detalles específicos de la historia. Sólo el 20% de los que no la presenciaron acertaron esas mismas preguntas. Estadísticamente, una mejora del 200 por ciento.
Según Ballarini, el método resulta efectivo utilizando diferentes aprendizajes a memorizar. Por ejemplo, presentaron a los estudiantes una figura geométrica compleja y luego un grupo de alumnos participó de una clase sorpresa de ciencia. Los resultados fueron similares.
El experimento arrojó resultados positivos sólo si la clase de ciencia era dictada una hora antes o una hora después de lo que se pretendía recordar. Si era presenciada a tiempos mayores a las cuatro horas, la memoria no mejoraba.
clarin.com
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