Una escuela rural se quedó con un solo alumno y piden que no la cierren
A unos 220 kilómetros de Capital, primero por las autopistas 25 de Mayo y Perito Moreno, luego por las rutas nacionales 7 y 5, pasando por la Provincial 46 y siguiendo varios kilómetros por un camino de tierra, está la Escuela N° 26 del Paraje La Criolla, en Bragado. Se la puede llamar así o como “el colegio de Uriel”, teniendo en cuenta que este nene de 9 años es su único alumno. Quedó solo junto a su maestra Alejandra Ramos hace dos meses cuando la compañerita que empezó este año con él se cambió de primaria. La falta de chicos se debe a varias razones: según los lugareños, a la ya poca gente que vive en la zona (se calcula que acá residen menos de 30 personas), se sumaron las inundaciones que, a mediados del año pasado, dejaron cientos de hectáreas bajo el agua y motivaron a algunas familias a abandonar el paraje. La pérdida del techo de la escuela, que se voló en dos ocasiones, terminó de complicar el panorama. Hoy, maestra y alumno, cada uno desde su lugar, sostienen el colegio y piden ayuda para que no cierre.

“Cuando empecé primer grado éramos cuatro. Y al poco tiempo, llegaron más y fuimos seis”, relata Uriel Biondini a Clarín. Tener más compañeros era sinónimo de más amigos, de chicos para jugar en el recreo, charlar en el aula y hasta copiarse, según confiesa. Por eso, vivió con un poco de angustia la partida de Barbara –la única “sobreviviente” en la matrícula 2016– que se pasó a una escuela con jardín de infantes a la que su hermano chiquito iba a ingresar. “Lo primero que pensé al quedarme solo fue que me iba a aburrir y después tuve miedo por el colegio, porque le tengo cariño y no quiero que lo cierren. Mi hermano egresó acá y yo quiero hacer lo mismo”, suma ya con más confianza, luego de varias respuestas con monosílabos.

Alejandra comparte con Uriel las ganas de seguir. Ella vive en Bragado y hace 70 kilómetros (entre ida y vuelta) todos los días para dar clases. En el camino, lo busca a Uriel por su casa con su Renault 12 blanco y, juntos, cruzan campos de soja –que en esta época lucen pelados y emblanquecidos por el fin de la cosecha gruesa– por unos 6 kilómetros de tierra hasta la escuela. “El año pasado, nos quedamos varias veces con el auto por las lluvias. Por suerte, en 2016 el clima nos viene acompañando”, detalla Alejandra, que asegura que además de maestra y directora, es un poco portera y también jardinera “porque alguien tiene que ocuparse del pasto, por lo menos de la entrada”. Ella también se encarga de la limpieza y de preparar la merienda mientras Uriel juega “a picar la pelota” o pasa el tiempo en la computadora

/image%2F1539329%2F20150615%2Fob_d5fad2_images.jpeg)