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19 diciembre 2013 4 19 /12 /diciembre /2013 09:34

Los resultados de las ahora famosas pruebas PISA constituyen un nuevo golpe a la ilusión de ver a nuestro país mejorar, superarse.

Da tristeza mirar los resultados y la ubicación de la Argentina entre los países de peor puntaje. Si esto ocurriera con la selección de fútbol en el próximo Mundial de Brasil, se viviría como un drama nacional y se propondrían y adoptarían cambios urgentes. Pero entristece también leer lo que escriben algunos expertos y funcionarios tratando de interpretar las pruebas y sus resultados. Resultados que no hacen más que confirmar lo que sabemos por otras evaluaciones y por la experiencia cotidiana.

En estos últimos años el discurso educativo estuvo siempre impregnado de la comparación con los sistemas educativos de los países con mejores resultados, especialmente Finlandia. En tren de comparar, es bueno recordar que la educación no es una variable independiente. Se necesita incorporar al análisis lo que pasa fuera de la escuela, en las casas de familia, en las instituciones; cómo valora esa sociedad el respeto por el otro, el no mentir, la honradez. Ver cómo se "respiran" los espacios públicos, reales y simbólicos; cuál es el índice de indigencia, de pobreza y de equidad; indagar cuál es la relación de esas sociedades con la innovación, el conocimiento y el esfuerzo personal; si hay violencia en los espectáculos deportivos; conocer cómo se viaja, saber cuánto aumentó el kilo de pan o de arroz en los últimos tiempos. También es bueno hacer un poco de historia y ver si tienen algún ministro que haya mandado a sus científicos a lavar los platos o si otros ministros expresaron profundo desprecio -y hasta odio- por los docentes en general.

Recién después, creo, será válido analizar cómo trabajan en las instituciones educativas, cómo se forman y capacitan sus docentes. Habrá que ver también, fundamentalmente, cuestiones organizacionales: cómo se accede, permanece y asciende en la carrera docente, qué grado de autonomía tienen los maestros y las escuelas, cómo es su relación con los padres, etcétera.

¿Por qué nos va como nos va? Difícil encontrar una respuesta que agote el tema. Sin duda, las causas son complejas y de larga data. Habría que bucear en la estructura socioeconómica y productiva del país; en las interrupciones de la vida institucional y la barbarie desatada; en la distribución de la riqueza más allá del acceso al consumo de electrodomésticos y computadoras; en los horrores de muchas de las políticas económicas y en desacertadas políticas educativas aplicadas durante mucho tiempo; en ese deporte nacional que intenta siempre burlar la ley y que ha terminado consolidando una épica de la transgresión. Habría que bucear en una lista que puede ser interminable.

En una sociedad democrática, uno de los más importantes agentes educadores son los poderes públicos instituidos, en algún sentido hasta más influyentes que la propia escuela. El funcionamiento de las instituciones educa. Pero hay buena y mala educación. No es bueno pensar la política educativa aislada del sistema, encerrada en la escuela. Una política educativa es mucho más que una política para lo escolar, implica también políticas de desarrollo, de protección a la ciudadanía, de eficaz y eficiente asignación de recursos. Supone una política de la comunicación, de la memoria, de la promoción y difusión de las industrias culturales. Acceder a una vivienda digna, a los servicios básicos y a una alimentación sana son condiciones necesarias para transitar exitosamente la escuela.

Dicho esto, y con los nuevos resultados de PISA a la vista, creo que también llegó el momento de hablar de lo que casi no se habla, o se lo hace con voces muy tenues. Hay que abrir las puertas de las aulas y, junto a cada docente, evaluar y analizar cómo estamos trabajando. Me pregunto si en nuestro país es posible debatir sobre la docencia. Sobre cómo se enseña, cómo se trabaja, cómo se vive en la escuela. Si es posible hablar de los cada vez más numerosos ejemplos de lo que no debiera ocurrir en las aulas sin ser acusado de pertenecer a la derecha, de estar en contra del pueblo, de atentar contra la escuela pública, de carecer de fundamento científico o servir a espurios intereses políticos. Nadie les pide o nadie debiera pedirles a los docentes que dejen la vida en las escuelas, pero sí es bueno y razonable exigirles como profesionales adultos responsables de una tarea.

En los últimos diez días recibí -como es habitual- dos breves historias de aulas. Primer año en una de las más prestigiosas escuelas públicas de la ciudad. "Les voy a tomar una prueba integral grupal -anuncia el profesor de matemática, y agrega-: Así aprueban todos. Es el único curso que tengo en esta escuela y no quiero venir en febrero y marzo por uno o dos alumnos."

La segunda situación se da en un séptimo grado de primaria. Es el día de la prueba de evaluación censal que impulsa el Ministerio de la Ciudad. El maestro promueve entre sus alumnos que respondan mal todas las preguntas porque evaluar "Va en contra de la escuela pública".

¿Contar estos hechos es atacar a la escuela pública? Ocultarlos o disimularlos, ¿es defenderla?

A quienes transitamos por el campo de la educación, el relato de hechos como éstos nos llega con demasiada frecuencia. Eso no oculta ni desmerece el trabajo serio y profesional de otros muchos docentes, tampoco viceversa. El trabajo de los buenos maestros no puede servir para ocultar a aquellos que denigran la profesión. Además, hay que recordar que los ciudadanos mantienen con sus impuestos un costoso sistema de dirección y supervisión escolar, un plantel de funcionarios y asesores de funcionarios que, ante hechos como los comentados, parece que no funciona o lo hace mal, y desde hace mucho tiempo.

A lo largo de estos 30 años de democracia he conocido muy buenos dirigentes gremiales y muy buenos ministros en el trato personal. En el escenario político actuamos todos como si existiera un formato predeterminado que impide una relación madura, racional y guiada por objetivos aunque sea parcialmente compartidos.

En síntesis, repensar las políticas y cuestiones macro no debiera ser impedimento para analizar también la tarea en las aulas, para mejorarla junto a cada docente interesado en superarse. Es importante revisar los contenidos, los métodos y todos los temas vinculados a la enseñanza, pero, fundamentalmente, es vital recrear el compromiso con la tarea de enseñar y aprender.

© LA NACION

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Published by serale
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