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14 marzo 2017 2 14 /03 /marzo /2017 09:03

Por Martin Lousteau

 

Hace unos días Griselda Siciliani se transformó en trending topic con un posteo en su cuenta de Instagram titulado: “El paro también educa”. En él contaba que en los ´90 había ido con su familia a todas las marchas en defensa de la escuela pública, y que recordaba ese aprendizaje tanto como las clases de técnica de danza.

No caben dudas de que, en un país con una historia de cercenamiento de los derechos civiles, toda oportunidad de ejercicio de los mismos conlleva lecciones, generalmente más amplias de las que aparecen a primera vista. Sería triste que la reciente marcha de la CGT, por ejemplo, no invite a reflexiones más profundas. Y quizá lo mismo vale para la experiencia relatada por la actriz en las redes sociales.

De acuerdo a Wikipedia, Griselda tiene hoy 38 años; y su recuerdo se remonta a cuando ella tenía trece. Ello significa que nuestro país viene discutiendo lo mismo desde hace veinticinco años. Que llevamos un cuarto de siglo empantanados, sin haber podido resolver un problema tan medular -y a la vez tan básico- como el de la adecuada remuneración de los docentes. Algunos podrían argumentar que la situación, lejos de avanzar, empeoró, a juzgar por las tasas de repitencia y abandono, o por los resultados de pruebas internacionales que dan cuenta de la pobre calidad y la alta desigualdad de nuestro sistema.

El diagnóstico resulta más grave si tenemos en cuenta que, al comparar con veinticinco años atrás, el gasto público por habitante medido en términos reales es hoy tres veces mayor, es decir que hay recursos disponibles como para brindar el triple de bienes y servicios. La conclusión es inapelable: ni siquiera con mucha más plata hemos podido resolver el problema. ¿Cómo es posible que estemos en el mismo lugar que antes? Porque si uno observa, por caso, la provincia de Buenos Aires resulta claro que la gobernadora no tiene el dinero; y si uno mira el salario docente es obvio que es una miseria para la responsabilidad que un educador tiene y el lugar que debe ocupar en la sociedad.

Parte de la respuesta la dio el ex presidente de Uruguay, Pepe Mujica, en su discurso de asunción cuando, al establecer la educación como prioridad para su gestión, expresó: “(…) cualquiera de los aquí presentes podría seguir agregando argumentos sobre el carácter prioritario de la educación. Pero lo que probablemente nadie pueda contestar con facilidad es: ¿a qué cosas vamos a renunciar para darle recursos a la educación?; ¿qué proyectos vamos a postergar?; ¿qué retribuciones vamos a negar?; qué obras dejarán de hacerse?; ¿con cuántos “no” habrá que pagar el gran “sí” a la educación?” Cuando erramos en las prioridades del Estado; cuando subsidiamos a quienes más tienen; cuando permitimos que la corrupción no sólo se lleve recursos públicos sino también que guíe las decisiones; cuando al lado del empleado público que pone empeño hay uno que elige no hacer su parte; cuando creamos estructuras innecesarias; cuando en lugar de sancionarla se acepta la evasión como parte de nuestra cultura; cuando se regula deficientemente; o cuando se permite que el sector privado coopte y determine la política a seguir, sumamos innumerables “sí” que nos condenan a los inconvenientes recurrentes. Cada una de esas afirmaciones, aun cuando sean implícitas e inadvertidas, son inmorales porque terminan implicando negativas a satisfacer otras demandas más importantes y más urgentes.

La definición de los “sí” y los “no” es la gran tarea que debemos encarar como sociedad. Y para ello, el único instrumento válido es la política. Lamentablemente, la reputación de la misma se degrada y pierde legitimidad para determinar prioridades cuando uno ve bolsos con dinero volando por televisión o cuando, independientemente del marco jurídico, se observan decisiones en donde el Estado no es defendido con todos los instrumentos a disposición mientras empresas relacionadas con funcionarios públicos se ven beneficiadas.

El desafío de cómo administrar mejor los recursos no se puede resolver criticando a Baradel por el largo de su pelo, su peso o poniendo en tela de juicio su título de docente; ni tampoco caracterizando de ajustador serial al gobierno nacional. De cada cinco pesos que el estado federal gasta, uno no lo tiene y lo debe pedir prestado. En ese contexto, reclamar más erogaciones mientras se exige que se reduzca la inflación y se condena el endeudamiento es una contradicción. En una reciente visita a Washington, el gobernador de Mendoza ilustró este tipo de imposibilidades lógicas acudiendo a un pedido que le solía hacer su abuela cuando lo mandaba de compras: “tráiganme un chancho gordo que pese poco”.

La polarización es un mecanismo táctico para no hablar rigurosamente de ninguno de los problemas que nos aquejan desde hace ya mucho tiempo. Por eso, más allá de los paros y sus respuestas, de las diatribas y los fuegos artificiales, la verdadera discusión ni siquiera empezó.

 

clarin.com

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Published by Polimodalitos
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