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20 octubre 2016 4 20 /10 /octubre /2016 19:02

UN mantel azul cuadriculado, dos tazas de mate cocido y un trozo de pan casero en un patio de tierra y cemento sonorizado con cantos de gallo y decorado con ropa tendida al sol. La comunidad rural de Palomino, en Tucumán, envuelta en un sol de mediodía.

Daniela Albornoz, junto a su familia

De la inundación que bloqueaba el camino a su casa, la mayor parte del agua se ha evaporado, un descanso para los pies, rodillas y cinturas mojadas. Una pausa del río que hacía del trayecto de Micaela Luján a la escuela, una travesía y que luego significó un aislamiento. Micaela tiene 17 años, vive con su madre, padre, cuatro hermanos y su bebe, Guada.

En las comunidades rurales de la Argentina viven más de un millón de alumnos, enraizados en el campo, sin tráfico, acompañados por el sol que ilumina el rocío de la mañana, escuchando música de animales, felices por el silencio y sin embargo sin las mismas oportunidades. Conviven con grandes desventajas en la búsqueda de cumplir grandes sueños, cruzando ríos con mochilas sobre la cabeza, arreglando tractores, afilando lápices.

 

Desde el Departamento de Planeamiento y Estadística del Ministerio de Tucumán -una de las provincias con más concentración de alumnos rurales- reconocen que es frecuente que los chicos ingresen tardíamente a la escuela, entre otras cosas, por las condiciones de vida particulares de las familias y las grandes distancias a recorrer para llegar a la escuela.

Por otro lado, en diferentes momentos del año, un importante número de chicos se ausenta de la escuela por períodos prolongados, por razones climáticas, por incorporación a trabajos temporarios junto a sus familias o por tener que cuidar a sus hermanos menores. Estas situaciones desembocan en repitencias reiteradas, con consecuentes tasas de sobreedad y serias dificultades para sostener la escolaridad.

 

Para asistir a clase, Micaela se levantaba, embarazada, su panza sin dejarle ver el siguiente paso dentro del agua, sus dedos del pie aferrados a un fondo barroso. Haciendo equilibrio en la cuerda floja que generaba la corriente, ella enfrentaba el agua que traía consigo espinas, piedras y troncos. En una mano llevaba una bolsa con la ropa seca para cambiarse una vez que llegase del otro lado al colegio, siempre impecable. Todos los días, un río, tres kilómetros a pie y un viaje en colectivo para completar con éxito la secundaria.

Pero el agua no ahogó sus sueños de ser abogada. "Me gusta todo lo que tiene que ver con leyes", añade. Su motivación y simpatía desdramatizan sus problemas. Su valentía, coraje y responsabilidad dibujan el paisaje campestre que caracteriza a la comunidad. Por un momento, el agua había bloqueado las tres salidas que tiene su hogar y aun así, para no seguir faltando a clase, Micaela encontraba la manera de llegar.

El clima, un enemigo

"El problema es el viaje", cuenta Micaela, como si hubiese sólo un contratiempo para ir a estudiar: las distancias, la oscuridad de los caminos, las condiciones climáticas. Amanecer al alba, completar las tareas del hogar, el cuidado de padres enfermos, de hermanos pequeños, el precio alto del transporte. Sin embargo ella no ve obstáculos, los enfrenta y siempre sale a flote.

"Ella luchó mucho y ha salido adelante", dice el padre, mientras su hija sonriente y avergonzada por el cumplido baja la mirada. Y agrega: "Fueron ocho meses aislados, los chicos han sufrido".

La comunidad rural de Palomino, en Tucumán, es una de las tantas que se esfuman a los costados de las rutas del país. Perdida entre caña de azúcar, los vecinos se toman su tiempo para disfrutar de unos mates dulces. Los jóvenes que por la mañana transpiran en el campo, por la tarde luchan para resolver cálculos matemáticos.

Las ruedas de los sulkies arrastradas por herraduras cansadas. En el camino árido, terroso, los chicos visten guardapolvos, tres hermanos pequeños sobre el lomo de un caballo, otros van a pie.

Caminando a 20 minutos a pie de la casa de Micaela está la de Daniela Albornoz, una alumna ejemplar. Tiene 17 y está en su último año de secundaria. Alza en sus brazos a su hermano recién nacido e interrumpe su relato para besarlo en la frente, la nariz y los cachetes. Vive con sus padres y seis hermanos. Tras el nacimiento del menor, las tareas del hogar recayeron sobre ella mientras Nandy, madre de la familia, tuvo que hacer reposo.

Tres semanas imposibles, que no le gustaría vivir nunca más, admite Daniela riendo, sus ojos almendrados. Se dedicó al cuidado de la casa y de sus hermanos. Las tareas escolares a las dos de la madrugada, las caminatas hasta la ruta, el viaje a Monteagudo donde cursa lo último que le queda de la educación obligatoria.

Daniela entiende la importancia de su futuro, le apasiona estudiar, se esfuerza porque sabe que es un proyecto de todos los días. "No voy a dejar de estudiar", afirma y agrega: "Sé que estudiando voy a tener un trabajo mejor, creo que si abandono acá la secundaria y no sigo un terciario va a ser peor".

Ambas jóvenes están becadas por la Asociación Civil Minkai que brinda apoyo económico y seguimiento educativo a estudiantes para evitar la deserción escolar, incentivándolos a continuar sus estudios secundarios.

Cómo colaborar

Minkai: www.minkai.org

 

 

lanacion.com

 

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Published by Polimodalitos
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