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27 marzo 2016 7 27 /03 /marzo /2016 09:14

CÓRDOBA.- Hay una gruta, la de Brian, al que mataron hace dos años cuando fue a buscar la moto que le habían robado. A 50 metros, Rosa Merlo se baja a preguntar por qué un chico no fue a la escuela. En otra esquina hay otras grutas: las levantaron para Enzo, Cristian y Franco. Una chica cuenta que fue a pedir una máquina a la municipalidad para achicar el basural. Así es andar por unas pocas manzanas del barrio Marqués de Sobremonte Anexo y visitar el Instituto Provincial de Enseñanza Media 388 Salvador Mazza, una esperanza en medio de varios fuegos.


De una quedó sólo el esqueleto porque le disparaban, la robaban. En pocas manzanas hay cinco. La liturgia incluye foto, camiseta del club, encendedores, algún rosario, monedas, dibujos y hasta blisters de pastillas. Murieron por balas de la policía, por la de una banda rival o en un accidente en moto. O por drogas, o por venganzas.Fueron 23 en menos de 11 años; tenían entre 13 y 26 años. Sus vidas eran parte de la historia del Instituto Provincial de Educación Media del Marqués Anexo, pero se perdieron. La mayoría murió en hechos violentos; sus amigos y ex compañeros empezaron a construirles grutas para recordarlos. Se reúnen ahí casi todos los días, frente al que ya no está. Mientras, la tensión es palpable: en cualquier momento puede pasar algo, algo malo.


Su directora, Rosa Merlo, y el coordinador José Falco tienen obsesión por los números. Los atormentan los cinco o siete chicos que quedaron por curso en 2013, cuando el pico de violencia corrió a los alumnos. Los entristece el bajo puntaje que logran en las evaluaciones generales. Los entusiasma que este año, en cuarto, haya 35 chicos. Es una victoria contra el abandono.Éste es un barrio de motos. De perros. De chicos que se sientan en el cordón de la vereda. De muchas calles sin asfalto, de aguas servidas, de un basural. De armas. De tiroteos. De droga. De revancha. Y es el barrio del IPEM Salvador Mazza, donde un grupo de docentes pasa casi todo el día escuchando, respondiendo y tratando de que los chicos no deserten.


La IPEM es una bisagra entre territorios enfrentados: Villa el Nylon, El Pueblito y El Ramal. Hay unas 1200 familias, todas numerosas, todas vulnerables y pobres. En los actos del colegio siempre se nombra a los que no están. Al cierre del año los chicos encienden velas por ellos. Los alumnos que regresaron no se quieren ir: encuentran contención y protección.

Alarmado por la violencia, en 2013 el Ministerio de Justicia provincial dictó talleres de mediación y asesoramiento legal; frente al reclamo de las autoridades escolares el gobierno reforzó la ración de ayuda alimentaria y arrancaron clases de oficios con becas.

Una yegua pasta a un costado del edificio, tiene la marca de dos balazos. A Falco lo alcanzó un disparo mientras daba clase. Algunas aulas -no hay tapia externa; están peleando por tenerla- tienen marcas en los vidrios. Son huellas de las peleas entre bandas, de ajustes de cuentas entre vendedores de droga, de las distintas fracciones de la barra brava de Instituto (Los Capanga y Los Rancho).

En unas semanas funcionará aquí el Consejo Barrial, una institución del plan de seguridad que la provincia puso en marcha este año y que sigue el modelo colombiano de Medellín para integrar a los vecinos. Es un paso.

El valor de la palabra

"Somos los de más abajo, pero pudimos hacer una ley", dice con orgullo Marcela, una alumna. Es que las ganas de cambiar algo fueron el motor de talleres, lecturas y reflexiones que lograron que el 7 de mayo fuese instituido, por ley, el Día de la promoción de la palabra y la no violencia en el espacio público.

"Ellos son los puentes, llevan a sus casas lo que viven en la escuela -dice Falco-. Se sienten valorados, escuchados y aprenden a convivir." La directora Merlo explica: "Esto es un desafío diario; defendemos sus derechos y nos respetamos mutuamente".

Emilio es el profesor de panadería, arrancó en el IPEM hace dos años: "Una vez que aprendés a comunicarte todo es estímulo, estos pibes absorben todo". Se ríe, convencido de que tiene razón, un colega que afirma que los chicos los "colonizan" a ellos. Es Lucas, que da teatro. "Les regalamos algo distinto, intercambiamos, nos construimos, abrimos una puerta a otra cosa", describe.

Al profesor de gimnasia, Márquez, se le acercan chicos del barrio para que los deje sumarse al equipo. Como no son alumnos no puede hacerlo. Pero hay excepciones. Había uno que no tenía más de 12 años y llevaba el "fierro" en la cintura. Pidió entrar. "Andá, dejá eso y jugás", le dijo el profesor. Demoró cinco minutos en regresar, y pidió un "cacheo". Y entró, "porque la palabra se cumple", afirma Márquez.

Evitar la calle

La transformación es lenta y todos anotan cada pequeño logro, como la pasantía de un alumno en una empresa o el título universitario de otro. Como un club pone estrellas en sus camisetas por sus campeonatos, el IPEM tiene una estrella por el logro de la ley.

El objetivo es que los chicos estén el menor tiempo posible en la calle. De miércoles a viernes, por la tarde, pueden hacer la tarea en el colegio. La idea la impulsaron los estudiantes, que fueron a pedirlo. Después del mediodía funcionan programas especiales para terminar el primario o el secundario.

Las autoridades esperan que el gobierno reponga la ayuda alimentaria extra para que los estudiantes vuelvan a sus casas con la merienda tomada (almuerzan en la escuela) y reclaman que las becas para los talleres de oficio regresen. Admiten que también otros colegios las necesitan, pero defienden que son un incentivo para retener a los estudiantes.

El sueño es construir un salón de usos múltiples, un anfiteatro, una oficina donde el Estado tenga presencia permanente y una pileta. Ofrecerles más posibilidades. Dos alumnos "rapean" sus propios temas. Uno pide que la "yuta" los trate con respeto; el otro recuerda a los que no están.

lanacion.com

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Published by Polimodalitos
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